Las sombras de Alicia

Morena, regordeta y muy sonriente, así era Alicia. Ella siempre ilusionada ante nuevos retos, vió como un nuevo mundo se abría ante ella. El colegio. Ese día era mágico, de la mano de su padre, que siempre le reportaba seguridad y confianza hizo su entrada al que durante años sería su centro educativo. Con su cartera azul, identificada con su nombre, sus libros nuevos y un baby azul que le había cosido su madre semanas antes; así se presentó ante sus nuevos compañeros y su “seño”.

Sin darse cuenta fueron pasando días, semanas… y ella iba aprendiendo cada día más. Conoció a la familia de las vocales y a sus compañeras, las consonantes. En tiempos donde aún se enseñaba el abecedario con la “ch” y la “ll”, Alicia aprendió a leer. Mientras para ella, la educación física (en aquellos tiempos conocida como gimnasia) era una verdadera tortura, para sus compañeros era una liberación del estudio diario… Hasta que un día Alicia, con mucho esfuerzo, consiguió hacer su primera voltereta hacia adelante mientras sus compañeros la aplaudían por tan titánico esfuerzo.

Ella, tímida y solitaria, siempre recurría a su padre, al que adoraba (igual que a su madre), pero con el tiempo llegó a idolatrar… Siempre fue su sombra. En los estudios (sobre todo en el inglés, ya que su padre había viajado mucho y era buen conocedor de varias lenguas), en el día a día, enseñándola trucos para defenderse y valerse por si misma ante la vida que se iba abriendo paso. Recibía también regañinas. Alicia siempre quería imponer su ley y, afortunadamente tuvo la suerte de contar con unos padres excelentes que supieron enseñarle que, valores como la sinceridad, la bondad y la importancia de compartir con los demás, entre otros muchos; hacen los grandes individuos del mañana. Refunfuñaba, como cualquier niño que no se sale con la suya, y a base de aprendizaje consiguió ser una adulta generosa que se apoyaba en los valores adquiridos.

Siempre pegada a su padre comprendió el significado de unos de los grandes artes: el cine. Junto con sus padres y su tío, comenzó a envenenarse de su gran pasión, el 7º arte, que siempre recorrería sus venas. Otro de estos maravillosos artes, el teatro, lo descubrió gracias a su tía, que desde muy pequeña la llevó a los mejores espectáculos. El primer recuerdo teatral de Alicia era El Principito. Una gran obra, que le abrió las puertas de otra de sus pasiones: la lectura.

Años después de su etapa escolar, la sombra de Alicia, ya no presente físicamente, pero si en su mente y en su corazón, le acompañó en esa dura etapa que es la adolescencia. Con sus alegrías y sus penas. Su sombra siempre ha estado ahí, siguiéndola a cada paso. Por muy duros que fueran esos momentos, su sombra (y la fortuna de tener a la mejor madre del mundo) siempre estaba(n) ahí para recoger sus pedazos. Ella caía y se volvía a levantar.

Ya en la edad adulta, Alicia ha tomado a su sombra como compañera de viaje que nunca le  abandona. Desde un viaje con amigas, hasta una entrevista laboral. Siempre ahí, a su vera. En lo bueno y en lo malo. Viéndola arriba y en el más puro infierno. Sombras, sombras que la siguen allá donde va, sin perder detalle de cada movimiento para abrazarla cuando triunfe o recogerla cuando se caiga.

Sombras, sombras que están con ella cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día. Ella no las ve, pero las siente presente siempre que las necesita. Alicia no es ninguna loca, sólo se siente cómoda imaginando que su sombra se sentiría orgullosa de ella y que habría hecho cualquier cosa por verla feliz.

 

 

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