¿El curioso caso de Jean Dujardin?

En algo menos de un año el francés Jean Dujardin ha conseguido que Hollywood le abra de par en par las puertas de su Olimpo de dioses particular. Con su Oscar al mejor actor protagonista por The Artist, Dujardin se ha convertido en el primer intérprete francés en ganar la codiciada estatuilla, allí donde antes lo intentaron compatriotas de fama internacional como Depardieu, Belmondo o Alain Delon. Pero el caso de Dujardin no es nuevo, al igual que no lo son los retos a los que deberá enfrentarse el actor, que apenas habla inglés, para decidir la dirección que quiere tome o no su carrera.

Al igual que ocurrió hace dos años con Christoph Waltz, Oscar al mejor secundario por su, tan espeluznante como inolvidable, sádico coronel nazi de Malditos bastardos, el apellido Dujardin comenzó a resonar cuando se hizo con la Palma de Oro al mejor actor en la última edición del festival de Cannes. Desde aquel momento, a ese otro en el que sus nombres fueron pronunciados en la noche más importante del cine, ambos actores ganaron prácticamente todos los premios importantes en los que competían, en ocasiones con algunos de los más grandes nombres de Hollywood.

A partir del Oscar, a Dujardin, al igual que le sucedió a Waltz, se le plantea la cuestión de hacia dónde  orientar una carrera en la que no van a faltar ofertas de todo tipo. Ambos dan el perfil de consumado intérprete europeo que tan sugerente le resulta a Hollywood, pero para confiarles ¿qué tipo de personajes? En la mayoría de los casos, el del villano de la función. Tras su Oscar, a Waltz le hemos visto como el cardenal Richelieu de la nueva versión de Los tres mosqueteros de Paul W. S.  Anderson; el tiránico y violento maestro de ceremonias del circo de Agua para elefantes, o el neurótico villano de The green hornet.

El propio Dujardin ya se ha reído de la situación en un divertido vídeo de Funny or Die. En él, el actor francés se presenta a los castings de todos los malvados posibles de las próximas secuelas de las sagas más taquilleras. Todo a sugerencia de dos ávidos representantes que ya se frotan las manos ante la lucrativa perspectiva y que le dan la feliz noticia de que ha logrado todos los papeles a los que aspiraba.

Interpretar al villano de la función parece ser el peaje que todo actor europeo debe pagar si quiere hacerse un hueco en Hollywood. El único inconveniente es que hay, como suele decirse, villanos y villanos. Superficiales y movidos por estúpidos deseos de poder y otros cuya complejidad les hace más atractivos que al propio héroe. Sin irnos muy lejos, Javier Bardem, que logró el Oscar por unos de los malvados más escalofriantes del cine de los últimos años por No es país para viejos, reincide en su lado oscuro en la última película de la saga Bond, eso sí, dirigida por Sam Mendes.

El futuro que el Oscar y Hollywood le deparan a Dujardin aún es borroso. Un actor de físico indudablemente clásico y al que el público apenas ha oído hablar en un idioma que aún no domina, pero al que lloverán ofertas de una industria deseosa de nuevas caras. De su capacidad de adaptación a una industria tan diferente a la europea y su intención o no de seguir siendo un actor principalmente nacional dependen su futuro y el ser recordado como algo más que la última anécdota de la historia de la Academia.

Foto: http://www.guardian.co.uk

 

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