Eternidad emocional en el siglo XXI

Fausto, el eterno mito, cobra sentido en esta ocasión de la mano del irreverente director de escena Tomaz Pandur. Sus montajes, siempre trabajados desde un universo propio, delirante, se conciben, en palabras de su director, de esta manera: “Antes se creía que el teatro era literatura que se leía en voz alta, pero eso no es teatro. El teatro hay que representarlo”. “Eso es para mí el teatro”. Esta frase del director de escena nos lleva a analizar el porqué de esta obra.

A partir de la clásica leyenda medieval del Dr. Faustus, la tragedia en dos partes de J. W. Goethe, Faust y diversos estudios y obras de arte inspirados por la historia del hombre que vendió su alma al Diablo, atravesamos la moralidad o la filosofía que nos envuelven en un clima emocional del que, aún finalizada la representación, no logramos salir.

Pandur, con sus sellos característicos: texturas diversas, colores fuertes (entre los que suelen predominar el negro y el rojo) o la inexistencia de color mismo, escenografía móvil y de estructura fuerte. Mezcla, además, elementos audiovisuales: dibujos, imágenes, obras pictóricas hasta cine, que como bien dice la Sra. Mefistófeles (Ana Wagener):”nada tiene que ver con la tragedia aquí representada”). Pero en la mente de Pandur nada está por casualidad. TODO tiene una razón de ser. Un ejemplo muy claro de ello es el vestuario de corte militar, muy habitual de los trabajos del director esloveno; pues va unido de alguna manera a su pasado, a su presente. A su país. Pero eso ya es historia universal, campo que no nos compete aquí.

¡Qué decir de ese maravilloso elenco! Sólo salen adjetivos calificativos muy positivos.

El monólogo inicial de Fausto, interpretado por Roberto Enríquez, es magistral. Puro, metafísico, filosófico, extravagante. Abrumador. El espectador se mete en su piel, hasta las mismísimas entrañas. Sufre con él: “anhelo la muerte, detesto la vida”, dice Fausto en medio de su perdición al borde de un posible suicidio. Enríquez “juega” con el público. ¿Locura o más lucidez que nunca? Lucimiento del propio actor que sale victorioso de la batalla con su personaje.

La “familia” de Mefistófeles es un mundo a parte. El propio Mefistófeles (interpretado de manera brillante y magistral por Victor Clavijo), causa estupor, tensión. Si bien, ocurre al principio, más tarde muestra miseria, patetismo, dolor. ¿Este dolor viene del mundo terrenal o de quienes están contra él? Clavijo se mete al público en el bolsillo desde el minuto uno. Su voz aterciopelada y grave impone más belleza dentro del mal que habita en el personaje de Mefistófeles (como en el de cada uno de nosotros, al menos en algún momento de nuestra vida). Su profunda mirada, siempre una de sus múltiples facetas a favor, señala el miedo. Pero también el amor o la venganza. Ese “tartamudeo esporádico” incide sobre un personaje oscuro muy bien perfilado.
Su sensual esposa, la Sra. Mefistófeles, interpretado por la siempre magnífica Ana Wagener, no da lugar a dudas sobre su maestría en el trato con cualquier texto. Nada ni nadie se le resiste. Una verdadera joya, que, además, en esta ocasión, despliega más sensualidad y sexualidad que nunca. El espectador se pierde en ella. En su tono de voz, en cada paso, en cada movimiento.
Grata sorpresa ha sido, para quien escribe, Pablo Rivero, Valentín en la función. Alejado de chico bueno catódico que todos hemos visto, muestra candor, miedo, oscuridad. Ese tartamudeo que le hace más sombrío y miedoso explica los temores del personaje. Sus peores visiones. Rivero hace un personaje muy trabajado y sin fisuras. Totalmente entero. De una pieza. Quizás este personaje, augure más trabajos tan atrevidos como este y, sobre todo, sacar todo su talento fuera, que lo tiene; pero aún no lo ha usado todo. Nos queda mucho por ver.
Emoción y auténtica lección de interpretación es la que da Marina Salas (Margarita) al público. Totalmente alejada de sus papeles catódicos, ésta que escribe, le suplicó en persona (y lo vuelve a hacer desde estas líneas) que se quede en el teatro. Aún no hemos visto nada. Ésta es sólo la punta del iceberg interpretativo que hay en ella.
Los empleados de esta peculiar familia interpretados por Alberto Frías, Aarón Lobato y Rubén Mascato, son, lo que en lenguaje teatral se conoce como sombras. Pero también son un apoyo para los personajes principales. Muy necesarios. Como uno de ellos reconoció: “esto es vida”, refiriéndose a lo que ha supuesto su trabajo con el maestro Pandur.

Y no por ser el menos importante está WAGNER. Sí. Su música, sus palabras en alemán envuelven la sala, enfrían el ambiente, lo dotan de sentido. Aunque conocido por multitud de trabajos, Emilio Gavira, muestra aquí, no solo sus dotes interpretativas una vez más, sino, su cuidada voz y su propia personalidad a la música.

El amor, el poder, la autoridad; permiten explorar la racionalización del ser humano. Y es que el mundo mágico de Pandur y su especial lenguaje escénico no deja a nadie indiferente.

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One thought on “Eternidad emocional en el siglo XXI

  1. Buenas tardes, me llamo Beatirz
    ¡Qué ilusión leer esto!:
    :” Grata sorpresa ha sido, para quien escribe, Pablo Rivero, Valentín en la función. Alejado de chico bueno catódico que todos hemos visto, muestra candor, miedo, oscuridad. Ese tartamudeo que le hace más sombrío y miedoso explica los temores del personaje. Sus peores visiones. Rivero hace un personaje muy trabajado y sin fisuras. Totalmente entero. De una pieza. Quizás este personaje, augure más trabajos tan atrevidos como este y, sobre todo, sacar todo su talento fuera, que lo tiene; pero aún no lo ha usado todo. Nos queda mucho por ver.”

    Gracias por esta MARAVILLOSA crítica, de Fausto y en especial de PABLO RIVERO, que es un ACTORAZO, estoy de acuerdo, aún nos tiene mucho que mostrar.
    Un saludo
    Beatriz.

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